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Categoría - F&A

¿Comprar o fusionar empresas equivale a despedir personal?

Artículo de opinión publicado en Economía de Hoy (03/08/2010)

 

Cuando oímos hablar de compraventa de empresas, fusiones, tomas de control, incluso de sinergias, con demasiada frecuencia pensamos en reducciones de plantilla, despidos, conflictos laborales,… Esta idea estereotipada no es del todo exacta y en muchas ocasiones proyecta una imagen distorsionada, cuando no falsa, del mundo de las llamadas “finanzas corporativas”.

 

Las operaciones de fusiones, escisiones, compraventa de empresas y similares no siempre conllevan consecuencias desagradables para la plantilla de la empresa objeto de la operación corporativa. Todo dependerá del caso concreto y, muy especialmente, del tipo de empresa o inversor que toma el control.

 

Por ejemplo, en el caso del capital riesgo o private equity, es decir, el caso de inversores financieros que toman una participación en una empresa para revenderla al cabo de unos años con una plusvalía, lo que sucede normalmente es el efecto contrario: debido a los crecimientos que la entrada de capital favorece, la empresa aumenta su actividad –si todo va razonablemente bien- viéndose en la necesidad de contratar a nuevo personal. Los compradores tienen un perfil netamente financiero y, por definición, invierten en empresas con buen equipo directivo, capaz de liderar un fuerte crecimiento. Excepto en casos de crisis agudas, el inversor financiero no sacaría provecho alguno de forzar una reducción de plantilla: más costes, más conflictos y menos generación de caja en su participada (cosa a evitar, puesto que las empresas se valoran en función de la capacidad de generar caja en el futuro inmediato).

 

Tampoco es el caso de los compradores llamados “estratégicos”: no están en el sector de la empresa comprada; quizás sí están en un sector colindante o son clientes o proveedores de la empresa objetivo. Desean entrar en un nuevo mercado (un nuevo ámbito geográfico o un nuevo segmento del mercado actual, por ejemplo) o quieren aumentar su oferta global de productos (incorporando el portafolio de la empresa comprada) o a lo mejor pretenden estar presentes en una parte del proceso productivo o de creación de valor en el que no estaban, consiguiendo para sí los márgenes de su antiguo proveedor o cliente. Este tipo de comprador puede encontrarse con alguna duplicidad de personas –sumando la empresa original y la empresa objetivo- pero como su negocio es algo o muy distinto, tampoco será un objetivo importante la reducción de puestos de trabajo. Las sinergias no viene por ese lado.

 

Totalmente distinto es el caso de un competidor directo de la empresa comprada. En ese caso, la adquisición puede poner de manifiesto duplicidades o posibilidades de reducción importante de costes. Pero no siempre.

 

Pensemos en el caso de un competidor nuestro pero que no está presente en España. Es fuerte en su país y quiere desarrollar sus ventas aquí. Puede optar por montar una filial de cero (con la necesidad de contratar personal en un país que no conoce, hacer cuantiosas inversiones, etc.) o bien comprar a alguien ya establecido, aunque sea un competidor local, y ahorrarse todo ese largo y en ocasiones doloroso camino. Complementariamente, lo que obtendrá será un nuevo canal de venta de sus propios productos. De este modo, esa compra bien puede considerarse como estratégica y no comportar reducciones de plantilla en la empresa adquirida. La empresa comprada, por su lado, adquiere potencia financiera, know-how, acceso a otros mercados, más gama de productos, etc.

 

Por supuesto, no siempre las cosas son tan bonitas: en muchas ocasiones la adquisición de un competidor directo se hace solamente para comprar su cuota de mercado. En esos casos, las reducciones de plantilla son comunes, desgraciadamente, como lo son en los casos de venta para reestructurar la empresa o, peor, las ventas de empresas en concurso o en situaciones próximas a él.

 

Pero sea como sea, la compra de una empresa no siempre equivale a reducir la plantilla. Puede ser una oportunidad para el futuro de la empresa y sus colaboradores.

 

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Algunas cosas que he aprendido (2/2)

Continuando la línea argumental del post anterior, no me cansaré de insistir en que esto de las fusiones y adquisiciones tiene que ver con cualquier tamaño de empresa, grande o pequeña. Ahora bien, cuando el tamaño de la operación no es muy grande, observamos de forma repetitiva ciertas características:

  • la empresa no está del todo bien formalizada, ni organizativamente ni a nivel de control interno ni operativamente
  • no hay separación entre propiedad y gestión
  • la contabilidad es defectuosa o, al menos, poco desarrollada, y en la mayoría de ocasiones sirve básicamente para pagar los impuestos (no para gestionar la empresa eficientemente)
  • se contabilizan gastos personales de los socios (muchas veces directivos), lo cual penaliza la rentabilidad que la empresa enseña al mundo
  • dejan de contabilizarse ingresos (la famosa “caja B” o como queramos llamarla)
  • se hacen trampas con los stocks, al alza o a la baja en función de lo que se pretenda (aumentar o reducir los beneficios declarados)
  • se pagan sueldos o remuneraciones no de mercado a ciertas personas, siempre o casi siempre relacionadas con la propiedad de las acciones o participaciones de la empresa

 

Resultado: penalizamos la rentabilidad de la empresa aunque, eso sí, nos “reconfortamos” con la reducción de la factura fiscal.

 

Craso error.

 

A nadie le gusta pagar impuestos y menos si percibimos que éstos son excesivos y que, además, el dinero recaudado, NUESTRO dinero, no se utiliza bien (en inversiones de dudosa conveniencia, en subvenciones a sectores pequeños pero con gran poder de bloqueo de la economía o del día a día de los ciudadanos, en pagar a hordas de funcionarios que nadie controla o que se controlan poco, etc.).

 

Ahora bien, en un mercado, el europeo, donde hay un grado importante de transparencia (con algunos meses de retraso nuestra competencia tiene acceso a nuestras cuentas anuales), esta manera de hacer es errónea, inconveniente y hasta peligrosa.

 

Y es que nunca sabemos cuándo vamos a estar inmersos en una operación corporativa. Estamos siendo permanentemente observados no solamente por el Fisco sino también por competidores o inversores. Si nos vemos envueltos en una operación de M&A, el precio que obtengamos por la empresa se verá reducido DE ENTRADA por:

 

  • la rentabilidad oficial que hemos enseñado al mundo (a Hacienda y al Registro Mercantil)
  • los riesgos fiscales en que hemos incurrido por esos gastos que no eran exactamente deducibles o de la actividad y por esas ventas que no hemos declarado (el comprador nos pedirá muchas garantías y/o reducirá el precio dispuesto a pagar)

 

Los compradores, los inversores, no son tontos. Quien está dispuesto a pagar varios millones de euros (o inlcuso cantidades muy inferiores) no es un loco, no cuentes con ello. Los compradores se asesoran previamente con gente como yo (y con gente mucho mejor y más preparada, por supuesto) y todo lo que te pueda contar desde aquí ya lo tienen en cuenta y tres veces mas.

 

Ah, por cierto, los compradores no pagan el dinero B, entre otras cosas porque no puede demostrarse su existencia (tenerlo apuntado en una libreta de anillas no es una prueba, como tampoco lo es tener una empresa adicional definida en la contabilidad, no nos engañemos). No quiero negar que no haya veces que el tema del B no se hable pero creedme que complica todo muchísimo, hasta el punto de que no pocas operaciones se “caen” por este motivo. Veréis:

 

  • el comprador no se cree que haya B, de modo que en la valoración que hace de la empresa no incorpora esa parte de ventas
  • además, el comprador (para protegerse, claro, y para rebajar de paso el precio) calcula de la forma más pesimista posible los riesgos fiscales asociados al B que el vendedor le ha dicho que tiene
  • finalmente, si se llega a alguna clase de compromiso respecto al B, por ejemplo dejando para el futuro una parte del precio si es que el comprador, una vez amo de la empresa, comprueba que efectivamente existe ese B, ese compromiso es de difícil documentación y dudoso cumplimiento

 

En definitiva, el B complica las operaciones.

 

La verdad es que a medida que el tamaño de la empresa va aumentando, existe una mayor profesionalización del equipo directivo, una contabilidad más desarrollada y ajustada y, quiérase o no, una reducción de la cantidad de B que la empresa maneja. De una u otra forma, van tapándose, reduciéndose, los problemas que enunciaba al principio de este post.

 

Y es que no es lo mismo gestionar nuestra empresa con la perspectiva de continuar siendo nosotros los propietarios y máximos ejecutivos o vernos envueltos en una operación corporativa. En la primera situación podremos soportar el riesgo de llevar la empresa como la llevan la mayoría de PYMEs, en el segundo caso es más que posible que los riesgos, problemas y consecuencias de no hacer las cosas escrupulosamente tenga unos costes elevadísimos (en términos de pérdida de la oportunidad, pérdida de precio, necesidad de dar garantías muy fuertes, etc.).

 

¿Tendremos tiempo y margen de maniobra para adecuar nuestra empresa a la legalidad vigente cuando nos veamos envueltos en una operación de fusión o adquisición?

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